A Camarones se llega dos veces.

Sé pocas cosas. Sé que hacia el oeste el horizonte se amuralla. Sé que hacia el sur la vegetación baja su altura. Sé que el micro excede su velocidad porque se sacude desde arriba.Para las grutas hay que entrar. Para Sierra no. Arroyo verde no es un lugar sino un puesto. No hay arroyo, solo el surco donde estaba. Madryn llama a doblar desde la ruta. Se entra y se desciende. Los oídos se van destapando, hay que tragar como cuando descienden los aviones. En el puesto del gauchito Gil vive alguien. Es el pueblo de uno solo con su dios. Los indicios del rumbo a Trelew son un monte amarillo, el penitenciario, el basural, un dinosaurio con una oficina al lado. Pero Trelew no está a un costado ni al otro. Está adelante. Uno se choca Trelew. Lo que ve es el horizonte más vasto que una mirada humana puede apreciar. Trelew no es hostil: está raído por ilusiones traicionadas. Ese horizonte se parece a los brazos abiertos de un viejo pariente que uno aprende a querer sin la trampa de los recuerdos.A Camarones se llega dos veces: una al doblar, otra al entrar. Ya entrados, el paisaje se parece al subir y bajar verde y mentiroso de Comodoro. Hay un mallín que brilla como un recuerdo infantil. Hay casas fechadas en sus frentes, el patrimonio histórico entre el museo y la lápida. Hay silencio y hay latencia porque hay chicos.Y hay un matriarcado.

5/8/20241 min read

Patagonia Artistica